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23 October 2010 @ 09:17 pm
Chica con Arete de Perla  
Título: Chica con Arete de Perla
Formato: Relato Corto
Palabras: 1000
Advertencias: --
Sumary: Un plan Perfecto




Desde el hall de aquel elegante café, Emma sonreía confiada. Al fondo, en una de las mejores mesas, Julian D’Larouge bebía de su exquisito café cortado mientras el humo de un delicado cigarrillo se perdía en el ambiente.

Se retiró las gafas con cuidado, sabiendo que él la observaba detenidamente.

“Bonsoir monsieur D’Larouge, ¿lo hice esperar demasiado?”, se excusó colocando su cartera en la silla continua mientras tomaba asiento.

“Para nada mademoiselle Laroche, siempre llego temprano a mis citas, no es de caballeros dejar esperando a una dama”, ella sólo sonrió sabiendo perfectamente hacia donde se dirigía el juego.

“Monsieur D’Larouge, ¿siempre es tan caballero en las citas de negocios?”

“Sólo cuando la compañía lo amerita…”, una ávida mirada se dejó ver entre medio de los finos anteojos, los ojos verdes de un felino acechando a su presa. Emma río complacida.


“Así que esta es la bóveda, ¿no se te hace muy fácil la entrada?”, Jean observaba el simple cuarto donde una gran puerta de metal se extendía por toda la pared frente a ellos.

Robert lo miró pedantemente. “Para nada, todos estos millonarios con aires de expertos en arte son iguales”, suspiró profundo al abrir su maletín y extraer unos aparatos electrónicos. “Siempre poseen un edifico en la ciudad, donde tienen una galería para mostrar cuanto han gastado en arte…”, cambiando sus guantes negros por otros de cuero, su monólogo continuaba, más para si mismo que para su compañero; “…y todos viven en el penthouse, donde existe un secreto elevador el cual lleva a… ¡sorpresa!, la bóveda con la verdadera colección de arte”.

“Todavía molesto que tu hermana esté con…”, Jean sintió la molesta mirada de su amigo. “Mejor dedícate a sacar tu equipo, estamos contra reloj, ¿recuerdas?”, sólo asintió asustado y retiró el laptop de su mochila. Definitivamente, no había sido el mejor comentario para la situación.

Iluminando el teclado de la cerradura electrónica, Rob observó unas notorias marcas en cuatro teclas. “Dios, ¿por qué son tan obvios?”, pensó divertido.


“Así que, ¿aún cree que la colección de mi padre tiene el valor acordado?”, Emma bebía de su capuchino tranquila mientras cruzaba las piernas por debajo de la mesa, rozando levemente el tobillo de su acompañante. Sonrió coqueta al pronunciar un falso “lo siento”.

Julian sonrió divertido al encender otro cigarrillo. “Pues sí, es pequeña pero posee bellísimas obras”, se detuvo para mirarla fijamente, “su hermosa sonrisa es muestra de ello”.

“Monsieur D’Larouge aún hablamos de cuadros, ¿cierto?”, arregló un poco su cabello, “¿o acaso usted está coqueteando conmigo?”.

Él se alzó de hombros mientras sonreía de manera traviesa, logrando que ella soltara una cristalina risa. “Una rosa debe siempre recibir hermosos cumplidos, así muestre por completo la perfección de la cual está hecha”, Emma humedeció sus labios, manteniendo la mirada fija en él, no sería tan fácil ganarle en su propio juego.


“Rob, ¿ya sabes cuáles son las letras?”, Jean estaba sentado en el suelo con el laptop entre sus piernas, esperando la respuesta de su amigo.

“Escucha atento, código de siete dígitos con las letras E, R, V y M. Fácil y obvio, necesito comprobar la respuesta solamente”. Los ojos del chico resplandecían bajo sus lentes, revelando la fría mirada que poseía.

“Tenías razón”, respondió el rubio, “el código es ‘VERMEER’”. Una mueca de insatisfacción se formó su rostro, algo no estaba bien, tenía sólo dos opciones: o todo era una trampa o eran muy buenos en lo que hacían. “Espero que seamos excelentes en esto, porque no me gusta lo rápido que ha salido”.

Una leve risa se escuchó en la habitación y el castaño se giró triunfante hacia su compañero. “Somos los mejores, por eso es tan fácil”.

Jean vio sorprendido como se encendían unas cuantas luces y la puerta, que una vez había estado sellada, se abría revelando su interior.

“Perfecto”, murmuró complacido Robert entrando lentamente a la bóveda.



“Por el depósito bancario no debe preocuparse, acabo de llamar al banco y el traspaso del dinero ya está listo, sólo necesito el contrato y el negocio estará completo”, Julian D’Larouge guardaba el móvil en su chaqueta, observando conforme como ella le entregaba unos documentos.

Emma analizaba atenta como él firmaba, debía admitir que sus treinta y tantos años le sentaban bastante bien, sobretodo si estaba conciente de su aspecto y cómo usarlo a su favor. Ambas cosas sin efecto en ella.

Un leve silbido sacó a la joven de sus pensamientos, una voz familiar se colaba por su oído derecho, específicamente, del audífono oculto en él. “Ya lo tenemos”, se escuchó decir al otro lado, “nos vemos en media hora”. Ella sonrió mientras entregaba las copias del contrato a D’Larouge, viendo entretenida como este las guardaba en su agenda.

“Entonces monsieur, mañana me estaré comunicando con usted para hacer entrega de la colección y si todo sale bien, ambos quedaremos muy satisfechos con el intercambio”.

“Ha sido un gusto hacer negocios con usted”, indicó Julian.

“Por nada monsieur D’Larouge, el gusto realmente ha sido mío”.

Lentamente Emma cogió sus cosas y se retiró del lugar, sonriendo presuntuosamente.


“Y bien monsieur Rousseau, ¿todo OK?”, preguntó Emma divertida mientras saludaba a un rubio joven.

“Demasiado para mi gusto”.

“Siempre tan paranoico”, la joven sonrió al observar los autos pasar junto a ellos.

“A Jean le cuesta ver que somos los mejores en esto”, se escuchó a sus espaldas. “Sin embargo, debo decir que fue entretenido”

“Monsieur Bontecou, para mí fue algo bastante interesante”, el moreno la observó molesto mientras ella lo abrazaba sonriente. “Vamos Robert, sabes que será divertido ver como trata de localizarme mañana, con el dinero y esa linda joven rubia en nuestras manos”.

“Y estemos lo suficientemente lejos como para que alguien pueda hacer algo”, añadió Robert.

“Julian D’Larouge se unió a la lista de robos fáciles, ¿o no mademoiselle Bontecou?”, preguntó un serio Jean.

Emma sólo sonrió pícara mientras los tomaba del brazo, arrastrándolos divertida por las nocturnas calles de Paris, en compañía, claro, de una chica con arete de perla.

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